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Giovinezza

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(Artículo publicado en El Diario de Ávila el martes 26 de enero de 2016 dentro de la columna Club Diógenes) “Giovinezza, giovinezza, primavera di bellezza” cantaba el amado y maldito D´Annunzio, ese autor protegido del fascismo pero del que nunca se fiaron del todo los lobeznos del Duce Mussolini. Recuerdo estos versos del incansable seductor italiano cada vez que visito la que fue su obra maestra: il Vittoriale, su casa rodeada de cipreses, de bibelots, inscripciones latinas y libros alemanes, de perfumes amargos, medicamentos ya venenosos y piedras antiquísimas, ese museo desbordante, en suma, y que ya en su propia época resultó exagerado hasta para el que voluntariamente decidió reposar allí, a la vista de las pacíficas aguas del Garda. Requiescat in pacem, giovinezza. Porque allí, donde inevitablemente se funden el frescor del lago y la canícula, el esplendor juvenil y la muerte, el deporte y la decrepitud se unen metafóricamente con invisibles lazos. Como ese poeta supo expres...

Lo tengo preparado

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Todo está ya preparado, voy a hacerlo en breve, lo tengo a punto. Cuando divisé al otro lado de la acera a Jaime (llamémoslo así  por prudencia, aunque dudo mucho que con tanta ocupación se le ocurra al aludido pasearse por este desértico blog) sabía  yo de antemano las patrañas y quiero-y-haré que procedería a contarme. Jaime es un muchacho (digamos así también) de mi edad. Yo terminé mi carrera a su tiempo pero a él se le fue torciendo entre dimes y diretes. Me lo encontraba en esos años post-universitarios y todo era un ya estoy acabando y ya estoy preparando. Hablaba de una doble licenciatura con no sé cuántos idiomas porque estaba previsto - y lo tenía ya en la mano - que iba a ser diplomático. Me lo encontraba tiempo después y se andaba afanando en alguna otra universidad en la cual iba a conseguir esto y lo otro - ya está preparado, decía. Así que cuando el otro día vi su rictus al otro lado de la calle, sus ademanes torpones y esa manera grandilocuente de venderte humo...

Para vestir santos

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De aquella novela crítica y filosófica de Azorín titulada La voluntad recuerda uno siempre el final: la tragedia silenciosa de ese impetuoso y domesticado Antonio Azorín que culmina su madurez arreglando en su pueblo los estandartes de la procesión. De ese otro impetuoso llamado C.A. que llegó a nuestro pueblo hace unos años se recordará, no obstante, la cantidad de tejemanejes, puntadas con o sin hilo y toda una colección de labores características de un subalterno que aspira a clavarle el estoque al primero que se tercie. Me lo advirtió bien, hace ya mucho, un fino poeta madrileño: "menudo regalito que os lleváis para Ávila". Lo dijo sonriendo, como quien se desprende de un pesado fardo. Venía el periodista, por tanto, con fama de estoqueador altanero. Y aquí bregó con la política, con la Iglesia y con los medios. Y una vez que recogió los triunfos se llevó sus glorias hacia otra parte, dejando al poeta local cabizbajo y sin resuello. Nos enteramos ahora de su elecc...