De buena mañana. 17 de octubre. No insista.

 (De buena mañana) No insista.

- Escuchamos embelesados el otro día en el imponente Paraninfo de la Universidad de Salamanca la conversación de Svetlana Alexievich, periodista, escritora, Premio Nobel de Literatura, la célebre autora, entre otros, de Voces de Chernobil. Busqué durante dos días el ejemplar que tenía en casa de esta obra fundamental para entender no ya los grandes fallos del comunismo sino su derrota total, pero no hubo manera. Creo recordar que alguna vez se lo presté a alguien y ese alguien, que ahora tampoco localizo, nunca lo devolvió. Por ello, no dejen libros. No dejen libros. Nunca dejen ni presten libros.


Pasé por mi librería de confianza un par de horas antes del acto, al que había que acudir con rigurosa inscripción y selección por parte de Protocolo de la Usal, y compré su último volumen, Una solitaria voz humana (Debate). Encuadernado en cartoné y tapa dura, es un libro llamativo. Al finalizar la charla, con traducción no simultanea del ruso, tuvimos la oportunidad de saludar a Alexievich. Fue un acercamiento con gestos (ni yo sé ruso ni ella inglés) pero se quedó observando mi ejemplar. Miró la portada, la cubierta en general, abrió la página legal, los créditos, el índice sin comprender mucho de lo que allí ponía. Fotografió por delante, por dentro, como quien fuera a realizar un informe. Hizo un par de preguntas a la traductora que después me remitió a mi: ¿cuándo ha salido este libro? Yo le di las explicaciones oportunas y, acto seguido, me dedicó el ejemplar con unas palabras en ruso, que tampoco hace falta traducir.

Me pareció admirable el control e interés de la autora por la infinidad de ediciones que deben existir de su obra y, asimismo, por el control monetario de la misma. Para alguien que viene del comunismo, saber que en España, en Francia o en Holanda haya nuevas ediciones debe ser gratificante si eso se corresponde con unos justos ingresos en concepto de derechos.

De esta anécdota y del conjunto de la charla, pudimos sacar varias conclusiones que no estaría mal que se las hicieran llegar a los parias del Sol y sus acampadas. Habló Alexievich del desastre soviético, de las maldades de la Rusia postperestroika, de niños mutilados en Ucrania y de todo aquello que nadie quiere oír porque es más fácil hablar de Gaza. De hecho, el acto lo presentaba una ligerísima presentadora, profesora de la Universidad, que no hacía más que meter la cuchara sobre el tema de la mujer y el feminismo. Alexievich insistía sobre los niños bombardeados. Una y otra. La otra venga con la mujer y los derechos. La izquierda española vive en un mundo ideal, una imagen ideal que para alguien del este no cuela ni por dos minutos.

- El millón de euros que le dan a Isabel Allende, escritora de la que he leído poco, por su Premio Planeta no es ni mucho ni poco. Es economía de mercado, un cálculo eficiente en el que se incluyen no solo las previsibles ventas sino también hacerse con los derechos de lo escrito anteriormente por esta señora. A mi el Premio Planeta nunca me ha indignado: es dinero legal, privado, bien auditado. No creo que podamos decir lo mismo del dinero que mueven los sindicatos o el ministerio de Urtasun. Solo deseo que en dos meses este hombre esté en el paro o en Laponia. ¿Y el Planeta? Otro año que seguiré sin leerlo. Con justo criterio.

- En clase, en Bachillerato, siempre doy a principios de curso una clase sobre economía del libro, a saber: cuánto cuesta producir un libro, editarlo, distribuirlo, pagar los derechos etc. Hay una creencia generalizada entre los adolescentes y no tan adolescentes de que el libro sale de los árboles y que, como tal, da igual si lo compramos o no. Esta falta de cultura libresca se ha instalado de pleno desde hace años en los centros de enseñanza. Hay profesores que piratean libros con total impunidad, que jamás hacen apología del libro, pero después se ponen dignos con esa horripilante camiseta verde exigiendo que les pongan en Madrid diez niños menos y aire acondicionado en cada aula. Ay, la camiseta verde. Cada vez que un maestro se pone la camiseta verde, dos niños desaparecen de las aulas públicas. Y no se los come un ogro. Se van al colegio de San Sulspicio o de la Mare de Deu. No insistan con lo mismo. Que el cuento del lobo ya nos lo sabemos.

@ Texto y fotos de David Ferrer, 2026
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