De buena mañana. Entonces, ahora. Un homenaje rápido al Tomás Luis de Victoria. 4 de octubre.
(De buena mañana) Entonces, ahora. Un homenaje rápido.
Tienen las conexiones neuronales infinitud de conductos y ramificaciones que ni siquiera los expertos logran explicar. Mucho menos voy a saberlo yo. Sé que a veces te acuerdas de algo, que esa vivencia oculta, dormida, ya olvidada, vuelve de repente como un flash, como tirada de un hilo sin saber cómo ni por qué. Nos ocurre a veces a media noche o en medio de cualquier actividad. Algo o alguien de hace veinte o treinta años vuelve a tu memoria.
Si tuviera que elegir un período de mi vida en el que fui feliz, no elegiría nunca la infancia, por la pesadez del colegio y sus mañanas y tardes aburridas y somnolientas. Escogería, desde luego, los años universitarios, que es donde se fragua todo, lo que será y lo que pensabas que sería y no pudo ser. Quizá entonces, a mis veinte, me veía viviendo en Londres, cosa que luego no ha sido. Bueno, a lo mejor hay tiempo para ello.
Volvamos a la memoria. A esos flashes repentinos. Ayer fue un día repleto de ellos. Como fogonazos, fuegos artificiales, viajes repentinos a otro tiempo sin necesidad de estimulantes ni de drogas. Se había convocado de una manera algo espontánea, sin oficialidades, un encuentro entre aquellos jóvenes que vivimos la mejor juventud, como el título de la película italiana, entre los muros de una Residencia universitaria llamada Tomás Luis de Victoria, en Salamanca. Es un tópico repetir aquella frase de Jaime Gil de Biedma que decía "de todo hace ya veinte años" ¿Veinte? Qué leches. Este año se cumplen 30 años de aquel 1996 en el que terminé Filología Hispánica en la USAL, y el próximo será lo mismo de mis estudios de Filología Inglesa. Año además en el que cerré las maletas y abandoné para siempre el Tomás Luis de Victoria.
En el encuentro de ayer, se iban sucediendo los flashes, los fogonazos, el hilo de la memoria que volvía. En un ejercicio de inteligencia y de sagacidad cognitiva, tocaba reconocer algo de aquellos jóvenes con los que conviví entre 1991 y 1997. Con alguno estuve apenas un año, con otros hasta cinco o seis. Yo buscaba en la mirada, en la sonrisa, en la voz y en los gestos e iba descubriendo y poniendo nombre a aquellos jóvenes extraordinarios. A algunos los he vuelvo a ver, los pocos. A otros los vi ayer de nuevo tras casi treinta años. La sonrisa de alguien, la mirada te retrotraía como un flash inmediato y placentero a aquellos tiempo. Siempre me gustó aquella frase de Loquillo, tan melancólica, que decía: Cuando fuimos los mejores.
Yo entré por primera vez en el Tomás Luis de Victoria una mañana de julio de 1991. Acababa de recibir la carta de admisión en esa novísima residencia que pillaba a trasmano de todo, en un descampado donde a un lado estaba el camino de la muerte y, al otro, el camino lúgubre de los autobuses de línea, pleno por entonces de yonkis con vaqueros en lejía (Sí, yo sufrí una vez un robo por un pelanas con jeringuilla que supongo estará ahora consumido en el infierno). Aquella mañana fui a conocer la residencia donde había sido admitido y en la que debía pasar, quién sabe, uno o dos cursos. Aquellas eran siempre las buenas disposiciones de los padres: empiezas en la residencia y ya te cambiarás a un piso. Nunca lo hice. Señal de algo. Como todos los veranos, la residencia cambiaba mucho. De los esforzados universitarios se cambiaba a los extranjeros de los cursos de idiomas. Alguien me presentó a un mozo enorme, al que apodaban el Moro, y que tuvo la gentileza de hacer de cicerone por las instalaciones. Todo era lustroso, nuevo, verdaderamente adelantado en las comodidades de aquellos años noventa. En la cafetería, un tal Ramiro le hacía el rendez vous a unas italianas que no entendían nada. Menuda tropa veraniega.
De aquella primera impresión, pasamos a la de septiembre. Cuando empezaba el curso. Inevitablemente me junté con los antiguos compañeros de colegio (con algunos, como Antonio Blázquez he convivido desde la infancia). Todo nuevo, todo distinto. Había que solventar una ardua logística, de la que nunca te habías ocupado. Desde hacer la cama, a meter una ficha en la lavadora y en la secadora, plancharte una camisa, comprar un billete de bus para volver los viernes y, encima, lidiar con las clases y aprender a convivir con ochenta o noventa semejantes que por allí estaban. No creo recordar, o al menos no han venido en esos flashes, salvo el incidente con el yonki, que hubiera nunca inconvenientes o si los hubo, por suerte yo los he olvidado. Había, por encima, una sensación paternal no agobiante, no intrusiva y que fue, creo, la clave por la que muchos optamos por seguir allí hasta el fin de los estudios. El Tomás Luis de Victoria era un espacio de libertad creado por Gonzalo, con la inestimable ayuda en la práctica de nuestro Carlos (tantos ratos de charla con él en su despachillo o en portería). Quizá los únicos momentos comprometidos fueron aquellas sesiones deportivas nocturnas anuales a las que te obligaban a acudir (válgame Dios, yo en ropa de deporte por entonces, dando a no sé qué cosa esférica) o el capítulo de novatadas al que todos sobrevivimos. Había allí una querencia a los cubos de agua y a las posteriores salidas nocturnas, que fueron, desde luego, un descubrimiento.
Flash. Yo no era muy noctámbulo pero de vez en cuando salía. Recuerdo volver con Carlos Corres, gran artista, y con otros a toda prisa, antes de la hora marcada para un viernes: la entonces Avenida de Champagnat era una travesía infinita hacia no se sabe dónde. El bueno de Carlos cantaba a voz en grito por la calle canciones de Roxette. Yo miraba el reloj obsesionado por el tiempo, como el conejo de Alicia. Se hace tarde, nos cierran.
Quizá fue una suerte de aquella mejor juventud el que llegáramos a los móviles, a internet, a los smartphones. Esa soledad en la que andamos ya mirando todo y nada. Propició una convivencia que, de alguna manera, hizo posible un reencuentro como el de ayer. De haber tenido Netflix en cada habitación, no habría convivido con nadie. El café de después de comer, la búsqueda ansiosa del periódico (pásame La Gaceta, que voy a ver la cartelera), el telediario de las tres, las discusiones políticas con Álvaro Mateos y los periodistas, en medio de una corruptela del psoe galopante (anda, mira. no han cambiado las cosas), las coincidencias en zonas comunes, los vecinos de habitaciones contiguas, las tardes de toros con un buen número de aficionados. Bendito Canal Plus. Hubo quien se aficionó allí al noble arte de la tauromaquia. Yo era de Manzanares y Joselito, otros de Ponce. Hasta tuvimos un torero en la residencia. En cierta ocasión (se viene flash) creo que fue Eduardo Palacios quien tuvo el privilegio de hacerle el retrato a José Ignacio Sánchez, un buen torero salmantino que no tuvo después continuidad. Con su aspecto amanoletado allí estuvo el diestro en la cafetería, mientras Manrique a sus espaldas hacía pases con una sudadera.
El sector extremeño, los de Ávila, los del norte, los canarios. Con el tiempo aprendí a entender a unos seres, como el Quillo, de los que no se entendían ni tres palabras, pese a ser aspirantes a la filología. Allí convivimos y cada cual fue feliz o pudo serlo a su modo. Muchos coincidimos ayer. Jóvenes e intactos algunos, como si tuvieran un retrato de Dorian Gray (vaya con Fernando Martín, por ejemplo). Otros hemos perdido pelo, ganado o perdido kilos, acumulado ojeras. Éramos iguales o distintos. Sé que a algunos ayer, como a Gonzalo, por ejemplo, les vino un tsunami de emociones. Que aquellos chicos de entonces ya no somos iguales, repartidos entre oficinas, bancos, empresas, periódicos, hipotecas, hijos, oposiciones, divorcios. La vida en sí. Pero, de algún modo, sí somos los mismos. Las caras de felicidad lo delataban. Algunos se tuvieron que marchar ayer pronto, por quehaceres familiares. Otros siguieron por la noche de Ávila, Yo recuerdo que en aquella época me convertí en un especialista en bombas de humo: ¿salimos esta noche? Claro, pero un momento dado desaparecía y volvía en un taxi nocturno. A la Avenida de Champagnat, 122, por favor.
Flash inevitable. Ya lo hice, pero me he acordado mucho de Antonio Diego Granado. Teníamos hasta un lenguaje propio. Cada vez que nos cruzábamos por un pasillo abríamos la palma de la mano, y decíamos como código oculto, "sexo, sexo". ¿Razones? Ni idea. Pero todo con aquel genio era inventiva, adelanto y bonhomía.
Porque fuimos los mejores. Porque me hubiera gustado nombrar a todos en este sencillo texto (prometo hacer algo más largo). No me da tiempo hoy domingo (tengo que preparar las clases, terminar el artículo de El Diario, por el cual Pablo Serrano me paga lo mismo que El Mundo a Pérez Reverte, y a la tarde irme a Las Ventas a ver los Victorinos). Pero quedan cosas. Porque hay mil anécdotas, flashes y recuerdos. Porque fuimos felices. Y buenos. Porque ayer fue el momento justo de reunirse. Y porque habrá más veces. Gracias a todos, los del Tomás Luis de Victoria. Avenida de Champagnat, hoy Maristas, en Salamanca. Nuestra Salamanca.
@ Texto y fotos de David Ferrer, 2026 (foto de grupo de Diario de Ávila)
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