De buena mañana. 21 de marzo. La cola por la loca.

 (De buena mañana) La cola por la loca.


- Que las redes sociales, la viralidad, que no la virilidad, han cambiado la percepción de todo, es un hecho ya constatable a diario. Lo es también para ese espacio amplio, difuso, variopinto, de la cultura. Si en el mundo de la gastronomía, observas colas kilométricas en determinados establecimientos que venden, no sé, helados con forma de rana o cupcakes japoneses con virutas de rododendro, en el ámbito cultural te preguntas a menudo qué demonios hace tanta gente aquí o allí. Tan extraño es comerse esos manjares como ver a una panda de locas en la cola de una exposición sobre una loca.

No voy a hablar de Torrente, fenómeno que para mí es extraño. No vi ninguna de las películas de esa saga. Me inquietó hace poco ver en la Tate Modern de Londres una manada incesante de modernos, jamás vino tan bien ese nombre para tan ínclito lugar, en las puertas de la exposición de una tal Tracey Emin. Como le regalé a mi hermana la Membership de la Tate pudimos acceder saltándonos la cola, lo cual ya es una locura, dispuestos a embragarnos con las esencias de tan eminente artista, de la que yo desconocía todo. Es maravilloso ir a una exposición con absoluto desconocimiento, sin los prejuicios estéticos o librescos que te crean un muro.

Como no había posibilidad de defraudarnos, observamos todo este mundo de la valorada Tracey Emin como el que entra en un restaurante del que no sabes ni su carta ni su incierto porvenir. El público leía con fervor los textos explicativos, se detenía por minutos en los vídeos y observaba cada pieza con un fervor parecido al de San Juan Bautista frente a Cristo. Yo miraba las piezas y miraba a los visitantes, tan cuantiosos, modernos, diversos, limpios y enterados. Chicas con pelo de colores, cuarentones gafapastas con zapatillas de diseño. Un éxtasis. Y yo con mis zapatos ingleses y mi americana.

Lo primero que deduje, tras cierto análisis y observación, es que la tal Tracey Emin, de la que no sabía nada, es una aspirante a paciente de frenopátíco. Bedlam, en Londres era uno de los más famosos. No me equivoqué, pues en una de las cartelas de la exposición, se aludía sutilmente a las visitas de la pintora, que aún vive, por psiquiatras, psicólogos y otros especialistas de la cosa. Volvías la vista a las piezas y comprendías todo: rayones, tachones, supuestos artefactos llenos de preservativos, sangre, sábanas sucias. Y el coñazo de siempre de la obsesión por el sexo sucio. Es una de las líneas temáticas, que dirían los especialistas en arte, de la mencionada Tracey Emin, eminente artista, ganadora de no sé cuantos premios y, por lo que se ve, autora de éxito. Salí de la exposición, dando un suspiro, como el que debió dar Dante al escapar del Infierno y llegar al Paraíso. Los que habían entrado a la vez que yo, seguían observando piezas, viendo videos absurdos de autolesiones y analizando la importancia críptica de un preservativo usado sobre una cama revuelta. Virgen santa.

- Frente a la exposición de esta loca de atar, la Tate ha programado una sobre el "Modernismo nigeriano", movimiento, época y país del cual no sé nada. Y me alegré también. Accedimos con nuestra Membership, con la pequeñísima diferencia de que allí no había cola, ni cartel de agotado, ni lista de espera. Vamos, que a ver a los pintores nigerianos no entraba ni el Tato. Una lástima. Porque cada uno de aquellos pintores africanos tenía más conocimientos, valor y sentido artístico que la más mínima obra de la loca británica. No me acuerdo ya de los nombres, pero el recorrido valió la pena.

- El contraste entre la Tate Britain y la Tate Modern es brutal. Tanto que ya no tiene sentido que sean dos ramas del mismo museo. Estoy por iniciar una revuelta y pedir que otro museo, el Victoria o el British, por ejemplo, se hagan cargo de este edificio neoclásico y sus obras. Si hace veinte años me impactó la Tate Modern, su sala de turbinas, su grandiosidad, ahora me refugio siempre en el clasicismo y orden de la Tate Britain, del Victoria o de la Wallace. Es como volver a casa. Una exposición sobre Turner y Constable, dos de los grandes paisajístas del XIX nos hizo olvidar los horrores de la loca de la víspera. Londres siempre vale un Turner. Y este no era tonto.

© Texto y fotos David Ferrer, 2026.
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