De buena mañana. 7 de julio. Numérica.

 (De buena mañana) Numérica

- Con intención de ir al gimnasio, me dirigí primero al garaje para sacar el coche (primer oxímoron irresoluble para los puristas: ir al gimnasio en coche o en taxi). Son los garajes sitios de paso donde hay encuentros rápidos y circunstanciales porque de lo contrario se convierten en lugares propicios para el asesinato. ¿Quién no ha temido que lo mataran en la planta semioscura de un aparcamiento? En esa penumbra me encuentro a Fuendetodos. Es un hombre amable, risueño, con el que coincido por sorpresa en lugares insospechados: me topé una vez con él bajo una tremenda tormenta en Brujas, o en un velatorio o en un punto de reciclaje. Saludó cordialmente como siempre y mi mente empezó a pensar en números: de aquí no me libro en treinta o cuarenta minutos.
La conversación, o el monólogo, mejor dicho, duró, en efecto, media hora. A ratos en semioscuridad, a ratos iluminados por los fluorescentes automáticos del garaje. Yo pensaba: para que me cuente esto, mejor sería salir a la superficie y dirigirse a un bar. Pero el hombre seguía con sus historias. Es, además, de esas personas que tienen una habilidad prodigiosa para llevar todo a su terreno, trufándolo de ejemplos, de vivencias, de encuentros. Me habló de un juez amigo suyo, de desencuentros con otros compañeros de trabajo. En la penumbra, buscaba yo alguna anécdota que pudiera contrastar su relato pero no había manera. Era novela de un solo narrador. Y sin asesinato. A veces pasaban algunas personas para buscar su coche o para dejarlo. Nos miraban con desconfianza, como es lógico: deben estar intercambiando pastillas, o gramos o fentanilo. Como la conversación había derivado precisamente hacia la dependencia de sustancias por parte de los adolescentes, de vez en cuando salían términos como "estar puesto", "trapicheo", "sustancias". Y cuando Fuendetodos utilizaba alguna de esas palabras era precisamente el justo momento en el que aparecía algún vecino, que se iba a por el coche asustado. No entiendo cómo no compareció por allí la policía.
Tras media hora de charleta, esnifando gases, dióxidos de carbono y esencias de aceites sintéticos, consiguió dar Fuendetodos fin a sus historias. No varió un solo momento su sonrisa, prosiguiendo con dos palmadas y el inefable "me alegro mucho de verte".
A mí las extremas simpatías me dejan arrumbado. Me fui hacia mi coche apabullado. ¿Para qué? Ya se me habían quitado las ganas de ir al gimnasio. Cambié de idea, salí a la calle y me tuve que tomar dos o tres vinos.
- Me apabullan también los habituales del gimnasio. Y de nuevo son cuestiones numéricas. Esperas turno para usar una máquina y cuando te sientas, te la han dejado con un peso de 40 libras. Es humillante tener que cambiarlo a cinco, que ya es mucho. Coges una mancuerna de 2.5 e inmediatamente comparece un joven d metro y medio al lado para coger la de 20, como diciendo, ay pobre. En las máquinas de cardio, todo son números. Va pasando el tiempo, los supuestos kilómetros y te dices a ti mismo, venga ya has hecho treinta, a ver si puedes con treinta y cinco. Por suerte en los gimnasios nadie habla. Hay usuarios que hacen recorridos muy extraños, con utensilios para mí estrafalarios. Los pasean de un lado hacia el otro, como diciendo yo sé para qué sirve esto. Tú sigue corriendo.
- A la puerta del gimnasio unas chicas hablan entre ellas. Con el de este finde ya han sido nueve, dice una. ¿Drogas? ¿Kilómetros? ¿Libros? ¿Chicos? Me alejo sin saberlo.
© Texto y fotos David Ferrer, 2024
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